Por Psic. Teresa Avilés R.
Hay personas que pueden explicar perfectamente lo que les ocurrió en la infancia. Hablan de abandono, rechazo, frialdad emocional, injusticias o violencia con claridad y coherencia. Incluso pueden dar consejos muy acertados a otros. Sin embargo, en su vida cotidiana continúan repitiendo vínculos dolorosos, alejándose de quienes aman o reaccionando de manera intensa ante situaciones que les recuerdan sus heridas.
¿Por qué sucede esto?
Porque comprender algo con la mente no siempre significa haberlo integrado emocionalmente.
El trauma temprano no solo deja recuerdos, deja formas de sobrevivir
Cuando un niño crece en ambientes donde:
- sus emociones no fueron validadas,
- hubo abandono,
- rechazo,
- indiferencia emocional,
- violencia,
- ausencia afectiva,
- o amor condicionado,
su mente encuentra maneras de protegerse para poder sobrevivir emocionalmente.
Algunas personas aprenden a:
- desconectarse de lo que sienten,
- endurecerse,
- no necesitar a nadie,
- controlar todo,
- evitar vínculos profundos,
- o vivir en constante alerta.
Estas estrategias alguna vez ayudaron a soportar el dolor, pero en la adultez pueden dificultar la capacidad de disfrutar, confiar y vincularse sanamente.
La desconexión emocional
Muchas personas procesan cognitivamente su historia:
“Sí, mi madre fue fría”
“Sí, me abandonaron”
“Sí, sufrí mucho”
Pero emocionalmente siguen atrapadas en el mismo dolor.
Esto provoca que:
- interpreten el mundo desde la herida,
- reaccionen con intensidad ante la injusticia,
- teman perder a las personas,
- o eviten conectar para no volver a sufrir.
A veces pueden reconocer perfectamente lo que otros necesitan:
amor, atención, presencia, cuidado…
pero no logran darlo o recibirlo con naturalidad porque internamente continúan sobreviviendo.
Repetir lo que nos dañó
Uno de los aspectos más dolorosos del trauma es que, sin darse cuenta, algunas personas terminan reproduciendo aquello mismo que las hirió.
Quien sufrió abandono puede volverse emocionalmente ausente.
Quien no fue escuchado puede invalidar a otros.
Quien creció sin afecto puede sentir rechazo hacia la cercanía emocional.
No ocurre por maldad.
Sucede porque la herida no elaborada sigue actuando desde el fondo de la persona.
La mente entiende, pero el corazón sigue defendiendo el dolor.
El dolor propio ocupa todo el espacio
Cuando el sufrimiento emocional es muy profundo, la persona puede quedar tan atrapada en:
- su abandono,
- su vacío,
- su injusticia,
- su necesidad afectiva,
que le cuesta mirar emocionalmente el dolor de los demás.
No porque no tenga sensibilidad, sino porque gran parte de su energía psíquica está dedicada a sostener sus propias heridas internas.
Sanar no es solo entender
La sanación emocional no ocurre únicamente hablando del pasado.
También implica:
- sentir lo que no pudo sentirse,
- elaborar el duelo,
- aprender nuevas formas de vincularse,
- permitirse recibir afecto,
- desarrollar conciencia emocional,
- y construir experiencias distintas a las vividas en la infancia.
Es un proceso gradual y profundo.
El trauma no define para siempre
Las heridas tempranas dejan marcas, pero no condenan a una persona a vivir desconectada toda la vida.
Con acompañamiento terapéutico, conciencia y trabajo emocional, es posible:
- dejar de sobrevivir,
- comprender nuestras defensas,
- responsabilizarnos de nuestros actos sin destruirnos por culpa,
- y aprender formas más sanas de amar y relacionarnos.
Porque muchas veces, detrás de la dureza, la distancia o el enojo, existe una persona que solo aprendió demasiado pronto que sentir dolía.
Psicóloga Clínica Teresa de Jesús Avilés R.
Contacto: 2227573183 (Sólo Whattsap)


